sábado, 31 de enero de 2015

Cuidado, animales sueltos - (cuentos) El Bar

EL BAR

Se encontraban siempre en la misma mesa del mismo bar, justo donde hacía un martillo y había una bicicleta colgada como apuntando al cielo para salir en cualquier momento.
Sentados uno frente al otro, delataban su ilegalidad acercando sus manos sin tomarse, posando su mirada en la mirada del otro.
Se los veía hablar y mirarse, mirarse intensamente, tan intensamente que cuando el mozo les traía una cerveza ellos no atinaban ni a levantar la mirada.
Se los veía venir de distintas direcciones y marcharse hacia distintos lados, después se cruzaban en alguna de las esquinas y los foquitos de los autos enviaban mensajes secretos con más o menos intensidad.
Siempre me llamaron la atención cuando llegaban al bar, y se acomodaban en esa mesa del martillo. me gustaba ver como esas dos personas mayores se miraban con la cristalidad de dos niños.
Me hubiera gustado saber de que hablaban, pero evidentemente había mucho de poesía de los dos lados.
Lo vi leerle poemas casi susurrando, la vi cantar canciones que parecían de Silvio Rodríguez.
Cada tanto acercaban sus dedos, las palmas de sus manos, pero enseguida las separaban.
Ella venía evidentemente de un trabajo y él siempre estaba terriblemente desprolijo, pero al encontrarse y dirigirse hacia la mesa del martillo del bar con la bicicleta que apuntaba al cielo, ellos se veían radiantes.
No los quería mirar mucho, porque me parecía una imprudencia, pero ¡como irradiaban luz sus miradas! y que hermoso era verle los ojitos a ella, que se salían de la cara y bailaban danzas ancestrales.
Me gustaba sentarme a esperar que entraran, mientras leía un libro esperaba que ellos iluminaran el bar.
Fueron muchos años de sentarse en el mismo lugar, muchos años de no ceder en la intensidad de la mirada. Era casi una necesidad verlos y comencé a darme cuenta que había mas de una persona que los miraban mientras ellos se miraban.
Tener un bar tiene estas cosas, uno se puede meter sin saber bien, en historias de personas que se convierten en eventuales clientes. La última vez que los vi fue en un diciembre de hace algunos años. Entraron distintos, viscerales. Él le pidió una lapicera y ella le entregó una hoja doblada. El mozo les llevó la cerveza y él comenzó a hacer rayas y dibujos. Se miraban tan profundamente mientras él explicaba algo que evidentemente tendría que ver con un mapa casi de un tesoro de piratas. Por un momento pensé que era un capitán pirata develando un secreto. Ella seguía cada palabra, cada trazo. Sus miradas eran tan luminosas… ella pareció lagrimear y él sacaba desde su interior palabras y palabras que me hubiera gustado escuchar. Entre los dos había luz. No quería fijar mi vista en su charla porque temía perderlos como clientes…disfrutaba tanto de  verlos mirarse.
La charla se sostenía sin grietas, los trazos iban y venían en el papel, ella se acercaba y el tomaba por primera vez sus manos plenamente, sin disimulos. No quería quedarme mirándolos fijamente, pero era más fuerte que yo seguir su acercamiento. Ser dueño de un bar te da la posibilidad de moverte en el local disimulando. Sus miradas eran tan intensas, tanto pero tanto. El papel estaba rayado, con letras, círculos, un cuadradito en el borde inferior derecho, ellos se acercaban y parecían fundirse en sus cuerpos. Me fui a la cocina, sentía que el uno se metía en el otro y pensé que estaba alucinando por la admiración que me producían sus encuentros. Cuando pase a su lado había mucha luz y juraría que se estaban fusionando, pero como soy cerebral, pensé que me había encandilado con esta historia.
Me quedé en la cocina, necesitaba alejarme de esa sensación tan extraña. Comencé a preparar una tabla de fiambres para la mesa tres, la que da frente a la ventana cuando entró el mozo enojadísimo contándome que los que estaban en la mesa del martillo se habían ido sin pagar y que lo raro era que él estaba junto a la puerta y no los vio salir.
Salí de la cocina para levantar los vasos de cerveza, la botella y el canastito con maní y al acercarme vi que ya no estaba la bicicleta que apuntaba al cielo.  




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