EL BAR
Se encontraban siempre en la
misma mesa del mismo bar, justo donde hacía un martillo y había una bicicleta
colgada como apuntando al cielo para salir en cualquier momento.
Sentados uno frente al otro,
delataban su ilegalidad acercando sus manos sin tomarse, posando su mirada en
la mirada del otro.
Se los veía hablar y mirarse,
mirarse intensamente, tan intensamente que cuando el mozo les traía una cerveza
ellos no atinaban ni a levantar la mirada.
Se los veía venir de distintas
direcciones y marcharse hacia distintos lados, después se cruzaban en alguna de
las esquinas y los foquitos de los autos enviaban mensajes secretos con más o
menos intensidad.
Siempre me llamaron la
atención cuando llegaban al bar, y se acomodaban en esa mesa del martillo. me
gustaba ver como esas dos personas mayores se miraban con la cristalidad de dos
niños.
Me hubiera gustado saber de
que hablaban, pero evidentemente había mucho de poesía de los dos lados.
Lo vi leerle poemas casi
susurrando, la vi cantar canciones que parecían de Silvio Rodríguez.
Cada tanto acercaban sus
dedos, las palmas de sus manos, pero enseguida las separaban.
Ella venía evidentemente de un
trabajo y él siempre estaba terriblemente desprolijo, pero al encontrarse y
dirigirse hacia la mesa del martillo del bar con la bicicleta que apuntaba al
cielo, ellos se veían radiantes.
No los quería mirar mucho,
porque me parecía una imprudencia, pero ¡como irradiaban luz sus miradas! y que
hermoso era verle los ojitos a ella, que se salían de la cara y bailaban danzas
ancestrales.
Me gustaba sentarme a esperar
que entraran, mientras leía un libro esperaba que ellos iluminaran el bar.
Fueron muchos años de sentarse
en el mismo lugar, muchos años de no ceder en la intensidad de la mirada. Era
casi una necesidad verlos y comencé a darme cuenta que había mas de una persona
que los miraban mientras ellos se miraban.
Tener un bar tiene estas
cosas, uno se puede meter sin saber bien, en historias de personas que se
convierten en eventuales clientes. La última vez que los vi fue en un diciembre
de hace algunos años. Entraron distintos, viscerales. Él le pidió una lapicera
y ella le entregó una hoja doblada. El mozo les llevó la cerveza y él comenzó a
hacer rayas y dibujos. Se miraban tan profundamente mientras él explicaba algo
que evidentemente tendría que ver con un mapa casi de un tesoro de piratas. Por
un momento pensé que era un capitán pirata develando un secreto. Ella seguía
cada palabra, cada trazo. Sus miradas eran tan luminosas… ella pareció lagrimear
y él sacaba desde su interior palabras y palabras que me hubiera gustado
escuchar. Entre los dos había luz. No quería fijar mi vista en su charla porque
temía perderlos como clientes…disfrutaba tanto de verlos mirarse.
La charla se sostenía sin
grietas, los trazos iban y venían en el papel, ella se acercaba y el tomaba por
primera vez sus manos plenamente, sin disimulos. No quería quedarme mirándolos
fijamente, pero era más fuerte que yo seguir su acercamiento. Ser dueño de un
bar te da la posibilidad de moverte en el local disimulando. Sus miradas eran
tan intensas, tanto pero tanto. El papel estaba rayado, con letras, círculos,
un cuadradito en el borde inferior derecho, ellos se acercaban y parecían
fundirse en sus cuerpos. Me fui a la cocina, sentía que el uno se metía en el
otro y pensé que estaba alucinando por la admiración que me producían sus
encuentros. Cuando pase a su lado había mucha luz y juraría que se estaban fusionando,
pero como soy cerebral, pensé que me había encandilado con esta historia.
Me quedé en la cocina,
necesitaba alejarme de esa sensación tan extraña. Comencé a preparar una tabla
de fiambres para la mesa tres, la que da frente a la ventana cuando entró el
mozo enojadísimo contándome que los que estaban en la mesa del martillo se
habían ido sin pagar y que lo raro era que él estaba junto a la puerta y no los
vio salir.
Salí de la cocina para
levantar los vasos de cerveza, la botella y el canastito con maní y al
acercarme vi que ya no estaba la bicicleta que apuntaba al cielo.